Torres de Ciudad Satélite

Arquitecto
Año de Construcción
1957-1958
Ubicación
Ciudad Satélite. Naucalpan de Juárez. Ciudad de México, México

Introducción

Ciudad Satélite es un fraccionamiento de carácter residencial ubicado al noroeste de la zona metropolitana de la ciudad de México. Fue fundada en 1957 bajo la planeación urbana trazada y proyectada por el arquitecto y urbanista mexicano Mario Pani.

La idea general era crear un proyecto de urbanización de grandes dimensiones, tomando como base principal la creación de un modelo urbanístico diferente al que se había observado en la Ciudad de México, rompiendo con los diseños establecidos.

Para conectar de forma eficiente al nuevo fraccionamiento con la ciudad capital, se creó una vía rápida que llega hasta la entrada de la Ciudad Satélite. Para identificar este acceso, se proyectó una fuente en la plazoleta, sin embargo, esta intención pronto se sustituyó por la de erigir elementos verticales que constituyeran un perfil urbano y pudieran destacar aún contemplados desde lo lejos y en movimiento.

En 1957 Mario Pani encomendó al arquitecto mexicano Luis Barragán la realización de la puerta de entrada para la nueva urbe. Barragán invita a su vez a participar a dos de sus grandes amigos: el escultor alemán Mathías Goeritz y el pintor Jesús Reyes Ferreira.

Desde su construcción, las Torres se convirtieron en el icono de la zona, el hito de la metáfora urbana; la entrada principal al lugar y orgullo de sus habitantes.

Las Torres de Satélite son al mismo tiempo la cúspide de las utopías modernas y el fin de un proyecto de nación propulsor de una arquitectura colectiva y consciente. A partir de entonces, la ciudad recibiría sólo respuestas fragmentadas e intervenciones apresuradas y autónomas.

Si bien fue pensada como una nueva escenografía urbana que ponía límite e identidad a la metrópolis creciente, al poco tiempo fue superada por la explosión de la mancha metropolitana, por la especulación y la falta de continuidad del planteamiento inicial. La urbanización se pensó para la clase trabajadora de la ciudad, sin embargo, fue tal la demanda, que subieron los precios por metro cuadrado del fraccionamiento, a la par que se iniciaba la construcción y oferta de otros fraccionamientos cercanos.

Las Torres fueron empleadas como emblema oficial de los Juegos Olímpicos de 1968, a la vez que constituyen el principal símbolo de Naucalpan. Las autoridades del municipio han propuesto a la obra a la candidatura de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO.

Esta es una de las primeras esculturas urbanas de grandes dimensiones en México.

En infinidad de artículos se hace referencia a que el conjunto escultórico inicialmente se pensó con nueve y después siete torres combinadas con fuentes y rampas. Si bien es cierto que existió un primer proyecto (no construido) con una alberca y diferentes planos horizontales comunicados mediante rampas para salvar la pronunciada pendiente del terreno, no existe documentación gráfica ni escrita donde aparezcan más de cinco torres, como se proyectaron finalmente. Sí existe un boceto en color donde aparecen junto a los cinco prismas, tres torres de luz que se pierden en el cielo.

También se dice que las torres alcanzarían los 200 metros, sin embargo por falta de presupuesto se bajó su altura. Esto también fue desmentido por un colaborador del Goeritz.

Dentro del proyecto original, Barragán tuvo que prescindir de la construcción de un club para el fraccionamiento que cerraría el espacio vial alrededor de la isla de tráfico, sirviendo como telón de fondo para las torres. Años más tarde, el arquitecto retomó la idea en 1967 con la construcción de un edificio de apartamentos con el que se buscaba crear ese mismo remate visual, pero tampoco pudo realizarse.

Situación

Se ubican en Ciudad Satélite, al noroeste de la zona metropolitana de la ciudad de México, dentro del municipio de Naucalpan de Juárez, en el estado de México.

La plazoleta donde se implantan se encuentra en el anillo Periférico Norte (Boulevard Manuel Ávila Camacho) esquina Circuito Fundadores, Autopista México – Querétaro.

Concepto

La obra es encarada como un experimento: una conjunción inseparable entre arquitectura y escultura.

Barragán y Goeritz trabajan en un proyecto conceptual con unos enormes volúmenes ciegos, un ejercicio estético del paisaje contemplado (en movimiento) desde la carretera.

Así resulta un conjunto escultórico formado por cinco bloques de hormibón, con alturas que varían entre los 30 y 50 metros, implantadas de manera aparentemente aleatoria sobre una plancha de hormigón, dura y desprovista de cualquier otro elemento.

La intención primaria de crear una fuente pronto se sustituyó por la de erigir elementos verticales que constituyeran un perfil urbano y pudieran destacar aún contemplados desde lo lejos y en movimiento.

Así, una isla en medio de la autopista, en una loma inclinada, de forma oval, sitiada por coches, es metáfora de la ciudad moderna, pero sólo como objeto o símbolo y ya no como el concepto integral de dicho territorio imaginado de manera casi idílica por sus creadores. El concepto urbano quedó truncado y sólo primó la imagen. La fuerza intrínseca de la composición escultórica y la visión vanguardista de Barragán y Goeritz lograron que la espectacularidad permaneciera a pesar de las modificaciones. Prevaleció tanto la majestuosidad de las piezas como su carácter cambiante.

Forma y colores

Las torres son edificaciones triangulares totalmente huecas y carentes de techo.

Los prismas consiguen trampear su geometría a medida que el movimiento modifica su percepción; a veces como planos regulares, otras como líneas fugadas hacia el cielo: como vértices finos o como murallas pesadas.

Poseen la textura del encofrado del hormigón con estrías cada metro, que se consiguió aplicando las técnicas empleadas en la construcción de chimeneas industriales. Esto aumenta visualmente su altura.

Principalmente, destacan por su intenso colorido. El empleo de colores brillantes, así como la disposición de las torres, la textura y su escala, integran lo mexicano con la devoción cosmopolita.

A lo largo de su historia, los colores han sufrido diversas modificaciones. Originalmente, fueron blanco, amarillo y ocre, de acuerdo a la inspiración que sus creadores encontraron en las torres de San Gimigniano.

Con motivo de las olimpiadas de 1968 fueron pintadas por idea de Mathias Goeritz con color anaranjado para contrastar con el azul del cielo.

En 1989, tomaron sus colores actuales. Debido al mal estado de conservación de las mismas se procedió a su restauración. Matías Göeritz colaboró en el proyecto de rescate pero falleció antes de la elección definitiva de los colores.

Los colores escogidos por el escultor y el arquitecto Luis Barragán fueron el azul, blanco, rojo y amarillo. La configuración de los colores no fue la que escogió Göeritz ya que al fallecer y no haber dejado ningún documento escrito, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) cambió el color de una de las torres.

Por último el director del INBA, Ramón Vargas Salguero autorizó la gama actual que presentan las torres tras realizar pruebas de tonos y químicas, para garantizar la conservación de las mismas.

Cada bloque se pintó de un color distinto: azul, blanco, negro, rojo y amarillo, eliminando después el negro y pintando dos blancas.

Fotos

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